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jueves, 14 de julio de 2011

Aprendamos a reconocer la accion del mal.

Existen signos, y cuáles, de la presencia de la acción diabólica?
¿Cuáles son los medios de defensa contra tan insidioso peligro?
PRESENCIA DE LA ACCIÓN DEL MALIGNO
La respuesta a la primera pregunta impone mucha cautela, aunque los signos del maligno parecen a veces evidentes (cf. Tertu1iano, Apol 23). Podremos suponer su siniestra acción allí:

donde la negación de Dios es radical, sutil y absurda,
donde la mentira se afirma, hipócrita y potente, contra la verdad evidente,
donde el amor queda apagado por un egoísmo frío y cruel,
donde el Nombre de Cristo se impugna con un odio consciente y rebelde (cf. 1° Cor 16,22; 12,3),
donde el espíritu del Evangelio es adulterado y desmentido,
donde la desesperación se afirma como última palabra, etc.
Pero es un diagnóstico demasiado amplio y difícil, que no osamos ahora profundizar y dar por auténtico, pero que sin embargo no carece de dramático interés para todos, y al cual la literatura moderna ha dedicado también páginas famosas (cf. por ejemplo las obras de Bernanos, estudiadas por Ch. Moeller, Littérature du XX Siècle, I, págs. 397 ss.; P. Macchi "Il volto del male in Bernanos"; cf. además "Satán", Études Carmélitaines, DDB, 1948). El problema del mal sigue siendo uno de los más grandes y permanentes para el espíritu humano, incluso después de la victoriosa respuesta que le da Jesucristo: "Nosotros sabemos, escribe el evangelista san Juan, que somos (nacidos) de Dios, y que el mundo entero está bajo el maligno" (1° Jn 5,19).

LA DEFENSA DEL CRISTIANO
A la segunda pregunta: ¿Qué defensa, qué remedio oponer a la acción demoníaca?, la respuesta es más fácil de formular, aunque sea difícil de poner en práctica. Podríamos decir: todo lo que nos defiende del pecado nos separa, por eso mismo, del enemigo invisible. La gracia es la defensa decisiva. La inocencia asume un aspecto de fortaleza.

Y todos recordamos además en qué gran medida la pedagogía apostólica ha simbolizado en la armadura de un soldado las virtudes que pueden hacer invulnerable al cristiano (cf. Rom 13,12; Ef 6,11-14.17; 1° Tes 5,8). El cristiano debe ser militante; debe vigilar y ser fuerte (1° Pe 5,8), y a veces debe recurrir a algún ejercicio ascético especial para alejar determinadas incursiones diabólicas; Jesús nos lo enseña indicando como remedio "la oración y el ayuno" (Mc 9,29). Y el Apóstol sugiere la línea maestra a seguir: "No te dejes vencer por el mal, antes vence al mal con el bien" (Rom 12,21; Mt 13,29).

Con conciencia, pues, de las adversidades presentes en las que hoy se encuentran las almas, la Iglesia, el mundo, intentaremos dar sentido y eficacia a la acostumbrada invocación de nuestra principal oración:

"¡Padre nuestro... líbranos del mal!"
Que a ello ayude también nuestra bendición apostólica.

fuente http://uncioncatolica.blogspot.com/2010/10/aprendamos-reconocer-la-accion-del.html