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sábado, 30 de agosto de 2014
¿Por qué confesarme con un Sacerdote? Yo me confieso directo con Dios. Responde Papa Francisco
En su catequesis del 19 de Abril de 2014 en la Plaza de San Pedro ante miles de fieles presentes, el Papa Francisco explicó la importancia y la necesidad de confesarse; y respondió a los que creen erradamente que basta confesarse “solamente con Dios” sin acudir a un sacerdote.
El Santo Padre comentó en su alocución que “alguno puede decir: ‘Yo me confieso solamente con Dios’. Sí, tú puedes decir a Dios: ‘Perdóname’, y decirle tus pecados. Pero nuestros pecados son también contra nuestros hermanos, contra la Iglesia y por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia y a los hermanos, en la persona del sacerdote”.
“‘Pero, padre, ¡me da vergüenza!’. También la vergüenza es buena, es ‘salud’ tener un poco de vergüenza. Porque cuando una persona no tiene vergüenza, en mi país decimos que es un ‘senza vergogna’ un ‘sinvergüenza’. La vergüenza también nos hace bien, nos hace más humildes. Y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión, y en nombre de Dios, perdona”.
El Papa resaltó luego que “desde el punto de vista humano, para desahogarse, es bueno hablar con el hermano y decirle al sacerdote estas cosas, que pesan tanto en mi corazón: uno siente que se desahoga ante Dios, con la Iglesia y con el hermano. Por eso, no tengan miedo de la Confesión. Uno, cuando está en la fila para confesarse siente todas estas cosas –también la vergüenza– pero luego, cuando termina la confesión sale libre, grande, bello, perdonado, blanco, feliz. Y esto es lo hermoso de la Confesión”.
“Cuando yo voy a confesarme, es para sanarme: sanarme el alma, sanarme el corazón por algo que hice que no está bien. El ícono bíblico que los representa mejor, en su profundo vínculo, es el episodio del perdón y de la curación del paralítico, donde el Señor Jesús se revela al mismo tiempo médico de las almas y de los cuerpos”.
El Pontífice explicó luego que el sacramento de la Confesión, Reconciliación o Penitencia tiene su origen en la Pascua del Señor cuando Jesús sopla sobre los discípulos y dice “los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen”. “Este pasaje nos revela la dinámica más profunda que está contenida en este Sacramento. Sobre todo, el hecho que el perdón de nuestros pecados no es algo que podemos darnos nosotros mismos: yo no puedo decir: ‘Yo me perdono los pecados’; el perdón se pide, se pide a otro, y en la Confesión pedimos perdón a Jesús”.
“El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino es un regalo, es don del Espíritu Santo, que nos colma de la abundancia de la misericordia y la gracia que brota incesantemente del corazón abierto del Cristo crucificado y resucitado”.
En segundo lugar, prosiguió el Papa, “nos recuerda que sólo si nos dejamos reconciliar en el Señor Jesús con el Padre y con los hermanos podemos estar verdaderamente en paz. Y ésto lo hemos sentido todos, en el corazón, cuando vamos a confesarnos, con un peso en el alma, un poco de tristeza. Y cuando sentimos el perdón de Jesús, ¡estamos en paz! Con aquella paz del alma tan bella, que sólo Jesús puede dar, ¡sólo Él!”
“Es necesario confesar humildemente y confiadamente los propios pecados al ministro de la Iglesia. En la celebración de este Sacramento, el sacerdote no representa solamente a Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con Él, que lo alienta y lo acompaña en el camino de conversión y de maduración humana y cristiana”.
El Santo Padre hizo luego una pregunta para ser respondida en el corazón: “¿cuándo ha sido la última vez que te has confesado? Cada uno piense. ¿Dos días, dos semanas, dos años, veinte años, cuarenta años? Cada uno haga la cuenta, y cada uno se diga a sí mismo: ¿cuándo ha sido la última vez que yo me he confesado? Y si ha pasado mucho tiempo, ¡no pierdas ni un día más! Ve hacia delante, que el sacerdote será bueno. Está Jesús, allí, ¿eh? Y Jesús es más bueno que los curas, y Jesús te recibe. Te recibe con tanto amor. Sé valiente, y adelante con la Confesión”.
“Queridos amigos, celebrar el Sacramento de la Reconciliación significa estar envueltos en un abrazo afectuoso: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre. Recordemos aquella bella, bella Parábola del hijo que se fue de casa con el dinero de su herencia, despilfarró todo el dinero y luego, cuando ya no tenía nada, decidió regresar a casa, pero no como hijo, sino como siervo”.
El Papa Francisco dijo finalmente que el hijo efectivamente sentía culpa y vergüenza, “y la sorpresa fue que cuando comenzó a hablar y a pedir perdón, el Padre no lo dejó hablar: ¡lo abrazó, lo besó e hizo una fiesta! Y yo les digo, ¿eh? ¡Cada vez que nos confesamos, Dios nos abraza, Dios hace fiesta! Vayamos adelante por este camino. Que el Señor los bendiga”.
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domingo, 12 de mayo de 2013
¿Coincidencias o Diosidencias?, El Papa Francisco elevará este domingo a los primeros santos de su pontificado.
Ciudad del Vaticano, Italia.- El Papa Francisco elevará este día a los altares a los primeros santos de su pontificado. A las 9.30 horas, en la Basílica de San Pedro, una misa celebrada por Francisco que canonizará a dos monjas –la mexicana Laura de Santa Caterina da Siena Montoya y Upegui y la colombiana María Guadalupe García Zavala- y, sobre todo, a los llamados 800 mártires de Otranto, con Antonio Primaldo a la cabeza. Unos nuevos santos estos últimos cargados de un especial significado por motivos varios.
Para empezar, porque su historia se encuadra en el contexto bélico entre cristianos y musulmanes que en el siglo XV marcó las relaciones entre Europa y el Imperio Otomano. Corría el año de 1479 cuando con un ejército de unas 150 naves y 15.000 soldados los turcos atacaron la ciudad de Otranto, situada justo en el tacón de la ‘bota’ italiana. Los 6.000 habitantes que entonces tenía esa localidad fueron invitados por los turcos a rendirse y a convertirse a la fe musulmana. Pero según cuentan las crónicas se negaron, por lo que Otranto fue atacada, saqueada y su arzobispo asesinado.
El comandante turco ordenó al día siguiente que todos los hombres de más de 15 años que hubieran sobrevivido al asedio, unos 800 en total, fueran conducidos al campamento otomano. Allí se les invitó de nuevo a apostatar. La respuesta, ofrecida en nombre de todos por un humilde artesano textil llamado Antonio Pezzuella, fue de rechazo absoluto. Dijo que preferían mil veces morir antes que regenar de Cristo y hacerse musulmanes. El comandante turco ordenó entonces que fueran ejecutados todos ellos.
Pero, además, esos 800 martires de Otranto que hoy Francisco hará santos tienen un significado especial para este Papa. Entre otras cosas porque fueron beatificados en 1771 por el Clemente XIV, un pontífice que era franciscano (el Papa actual es el primero en la historia de la Iglesia que ha elegido el nombre de Francisco, en honor a san Francisco de Asís) y que ha pasado a la historia por haber suprimido la compañía de Jesús (la orden a la que pertenece precisamente Jorge Bergoglio).
Pero, sobre todo, fue durante el pontificado del predecesor de Francisco, Benedicto XVI, cuando se decididó que los 800 mártires de Otranto debían de ser canonizados. Y en una fecha que pasará a la historia de manera perenne e imborrable: fue justo el 11 de febrero pasado, en un consistorio que reunió a Benedicto XVI con los miembros del colegio cardenalicio, cuando se dio la bendición final a que esos 800 martires fueran elevados a la categoría de santos.
Con la precisisón de en ese mismo consistorio, nada más llevarse a cabo la votación que dio la definitiva luz verde a su canonización, fue cuando Benedicto XVi anunció por sorpresa, en latín, su decisión histórica de dimitir como Papa.
A raíz de su renuncia se convocó un cónclave, que elegió como nuevo Pontífice al argentino Jorge Bergoglio. Y hoy el círculo se cierra: Francisco canonizará a esos 800 mártires de Otranto, los últimos santos de Benedicto XVI y los primeros de su pontificado.
sábado, 16 de marzo de 2013
‘HABEMUS PAPAM’: FRANCISCO, JESUITA, ARGENTINO
Federico Müggenburg
Tan impactante y sorpresivo como
la renuncia de Benedicto XVI, ha resultado la elección del Cardenal Jorge Mario
Bergoglio S. J., quien asumió el nombre de Francisco en honor del pobrecillo
San Francisco de Asís. El nuevo Papa es jesuita, argentino, es decir
latinoamericano. Apenas repuestos de la gratísima sorpresa se empieza a
reflexionar este Don del Espíritu Santo. Quien no vea este acontecimiento a la
luz de la Fe, seguramente caerá en tópicos convencionales de naturaleza
sociológica y hasta aspectos ridículos como lo que dijo Nicolás Maduro, de la
secta indú Sai Baba: “Chávez movió la
mano para que fuera un Papa de latinoamérica”.
Que sea de Latinoamérica, está
vinculado con la profecía del Venerable Paulo VI, quien oportunamente lo llamó
el Continente de la Esperanza, en dónde hoy reside más de la mitad de los
bautizados católicos. Además Paulo VI, propuso construir la Civilización del
Amor, y la asunción al Papado ocurre en el año de la Fe. Con ello queda
totalmente armonizada la enseñanza de Benedicto XVI sobre las tres virtudes
teologales: Fe, Esperanza y Amor.
Para los “jesuitas disidentes” y
los “franciscanos disidentes” esta es una lección y una oportunidad de
conversión. Señalados como símbolo de esas posturas están el ex jesuita, muerto
hace poco Joseph Comblin, y los jesuitas marxistas Ignacio Ellacuría (+) y Jon
Sobrino y el ex franciscano Leonardo Boff, que predica y publica locuras. El
nuevo Papa es un vigoroso defensor del celibato sacerdotal. Como en su tiempo
Karol Wojtyla, confrontó al régimen comunista ateo en Polonia, Jorge Mario
Bergoglio ha confrontado en su ambigüedad a los señores Kirchner por su
imitación del modelo del llamado “socialismo del siglo XXI” y la implantación
de la “cultura de la muerte”, que sumadas expresan la “dictadura del
relativismo”. Establece como obispo católico un gran contraste con Jerónimo
Podestá, obispo renegado que se casó con su secretaria y fundo una “asociación
de sacerdotes casados”, así como los escándalos de los obispos Juan Carlos Maccarone
y Fernando María Bargalló recientemente, así como el caso de Fernando Lugo de
Paraguay, ahora ya defenestrado como presidente. La lista podría ser más larga.
Está llamado a realizar una
purificación en la Iglesia y a procurar que entre los jesuitas se restauren las
Congregaciones Marianas y las Cofradías del Sagrado Corazón de Jesús, que
fueros demolidas y sustituidas por las llamadas “comunidades eclesiales de
base” que son el origen de la llamada “iglesia popular” inventada por los
progresistas y fuera totalmente desautorizada por Juan Pablo II en el discurso
inaugural de la III Celam de Puebla de los Angeles.
Esta “iglesia popular” se
metamorfoseó en “iglesia autóctona” en San Cristóbal de las Casas y ahora va
galopante hacia una conjetura llamada “espiritualidad post religional”, con
aquellos que habiendo lanzado la “teología de la liberación” hace 40 años han
llegado ahora a la “liberación de la teología”.
La tarea para el nuevo Papa es
muy ardua, pero cuenta con la promesa hecha por Jesús a Pedro en la garantía de
que las fuerzas del infierno no podrán
contra ella. Ha dedicado su pontificado a la Virgen María, Madre de Dios
y de la Iglesia. Sus primeras palabras al salir al balcón de la Basílica de San
Pedro son toda una señal de lo que será su Pontificado:
“¡Hermanos
y hermanas, Buenas noches! Ustedes saben que el deber del Cónclave es dar un
Obispo a Roma. Parece que mis hermanos cardenales han ido a buscarlo casi al
fin del mundo… pero estamos aquí… les agradezco la acogida. La comunidad
diocesana de Roma tiene a su Obispo. ¡Gracias! Y primero que nada, quisiera
hacer una oración por nuestro Obispo Emérito, Benedicto XVI. Recemos todos
juntos por él, para que el Señor lo bendiga y la Virgen lo custodie. (Rezó un
Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria). Y ahora, comenzamos nuestro camino:
Obispo y pueblo. Este camino de la Iglesia de Roma que es la que preside en
la caridad a todas las Iglesias (Enseñado así por el Obispo mártir San
Ignacio de Antioquía) Un camino de
hermandad, de amor, de confianza entre nosotros. Recemos por todo el mundo,
para que haya una gran hermandad. Auguro que este camino de Iglesia, que hoy
comenzaremos y en el que me ayudará mi Cardenal Vicario, aquí presente, sea
fructífero para la evangelización de esta ciudad tan bella. Y ahora quisiera
darles la bendición, pero primero, os pido un favor: antes de que el Obispo
bendiga al pueblo, les pido que recen al Señor para que me bendiga. La Oración
del pueblo que pide la bendición para su Obispos. Hagamos en silencio esta
oración de ustedes por mí. (Después de un momento de silencio, impartió la
Bendición Urbi et Orbi) Hermanos y hermanas, os dejo. Muchas gracias por la
acogida. ¡Recen por mí! Nos vemos
pronto: mañana quiero ir a rezar a la Virgen para que custodie a toda Roma.
¡Buenas noches y buen descanso!”
Como se puede apreciar, es todo
un programa de vida. Demos gracias a Dios por este gran beneficio para toda la
Iglesia y para los hombres de buena voluntad.
18MAR13 RS478 www.yoinfluyo.com
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