sábado, 16 de marzo de 2013

‘HABEMUS PAPAM’: FRANCISCO, JESUITA, ARGENTINO




 
 


Federico Müggenburg

Tan impactante y sorpresivo como la renuncia de Benedicto XVI, ha resultado la elección del Cardenal Jorge Mario Bergoglio S. J., quien asumió el nombre de Francisco en honor del pobrecillo San Francisco de Asís. El nuevo Papa es jesuita, argentino, es decir latinoamericano. Apenas repuestos de la gratísima sorpresa se empieza a reflexionar este Don del Espíritu Santo. Quien no vea este acontecimiento a la luz de la Fe, seguramente caerá en tópicos convencionales de naturaleza sociológica y hasta aspectos ridículos como lo que dijo Nicolás Maduro, de la secta indú Sai Baba: “Chávez movió la mano para que fuera un Papa de latinoamérica”.

Que sea de Latinoamérica, está vinculado con la profecía del Venerable Paulo VI, quien oportunamente lo llamó el Continente de la Esperanza, en dónde hoy reside más de la mitad de los bautizados católicos. Además Paulo VI, propuso construir la Civilización del Amor, y la asunción al Papado ocurre en el año de la Fe. Con ello queda totalmente armonizada la enseñanza de Benedicto XVI sobre las tres virtudes teologales: Fe, Esperanza y Amor.

Para los “jesuitas disidentes” y los “franciscanos disidentes” esta es una lección y una oportunidad de conversión. Señalados como símbolo de esas posturas están el ex jesuita, muerto hace poco Joseph Comblin, y los jesuitas marxistas Ignacio Ellacuría (+) y Jon Sobrino y el ex franciscano Leonardo Boff, que predica y publica locuras. El nuevo Papa es un vigoroso defensor del celibato sacerdotal. Como en su tiempo Karol Wojtyla, confrontó al régimen comunista ateo en Polonia, Jorge Mario Bergoglio ha confrontado en su ambigüedad a los señores Kirchner por su imitación del modelo del llamado “socialismo del siglo XXI” y la implantación de la “cultura de la muerte”, que sumadas expresan la “dictadura del relativismo”. Establece como obispo católico un gran contraste con Jerónimo Podestá, obispo renegado que se casó con su secretaria y fundo una “asociación de sacerdotes casados”, así como los escándalos de los obispos Juan Carlos Maccarone y Fernando María Bargalló recientemente, así como el caso de Fernando Lugo de Paraguay, ahora ya defenestrado como presidente. La lista podría ser más larga.

Está llamado a realizar una purificación en la Iglesia y a procurar que entre los jesuitas se restauren las Congregaciones Marianas y las Cofradías del Sagrado Corazón de Jesús, que fueros demolidas y sustituidas por las llamadas “comunidades eclesiales de base” que son el origen de la llamada “iglesia popular” inventada por los progresistas y fuera totalmente desautorizada por Juan Pablo II en el discurso inaugural de la III Celam de Puebla de los Angeles.
Esta “iglesia popular” se metamorfoseó en “iglesia autóctona” en San Cristóbal de las Casas y ahora va galopante hacia una conjetura llamada “espiritualidad post religional”, con aquellos que habiendo lanzado la “teología de la liberación” hace 40 años han llegado ahora a la “liberación de la teología”.

La tarea para el nuevo Papa es muy ardua, pero cuenta con la promesa hecha por Jesús a Pedro en la garantía de que las fuerzas del infierno no podrán  contra ella. Ha dedicado su pontificado a la Virgen María, Madre de Dios y de la Iglesia. Sus primeras palabras al salir al balcón de la Basílica de San Pedro son toda una señal de lo que será su Pontificado:

 “¡Hermanos y hermanas, Buenas noches! Ustedes saben que el deber del Cónclave es dar un Obispo a Roma. Parece que mis hermanos cardenales han ido a buscarlo casi al fin del mundo… pero estamos aquí… les agradezco la acogida. La comunidad diocesana de Roma tiene a su Obispo. ¡Gracias! Y primero que nada, quisiera hacer una oración por nuestro Obispo Emérito, Benedicto XVI. Recemos todos juntos por él, para que el Señor lo bendiga y la Virgen lo custodie. (Rezó un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria). Y ahora, comenzamos nuestro camino: Obispo y pueblo. Este camino de la Iglesia de Roma que es la que preside en la caridad a todas las Iglesias (Enseñado así por el Obispo mártir San Ignacio de Antioquía) Un camino de hermandad, de amor, de confianza entre nosotros. Recemos por todo el mundo, para que haya una gran hermandad. Auguro que este camino de Iglesia, que hoy comenzaremos y en el que me ayudará mi Cardenal Vicario, aquí presente, sea fructífero para la evangelización de esta ciudad tan bella. Y ahora quisiera darles la bendición, pero primero, os pido un favor: antes de que el Obispo bendiga al pueblo, les pido que recen al Señor para que me bendiga. La Oración del pueblo que pide la bendición para su Obispos. Hagamos en silencio esta oración de ustedes por mí. (Después de un momento de silencio, impartió la Bendición Urbi et Orbi) Hermanos y hermanas, os dejo. Muchas gracias por la acogida. ¡Recen por  mí! Nos vemos pronto: mañana quiero ir a rezar a la Virgen para que custodie a toda Roma. ¡Buenas noches y buen descanso!”

Como se puede apreciar, es todo un programa de vida. Demos gracias a Dios por este gran beneficio para toda la Iglesia y para los hombres de buena voluntad.

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domingo, 10 de marzo de 2013

La Divina Voluntad, Luisa Picarreta




INTRODUCCION
Dios quiere que todos los hombres se salven, para eso nos ha dado a su Hijo, y en El y por El todos los medios para nuestra salvación, por lo tanto, si un alma no se salva, será únicamente por su obstinada voluntad.
Jesús nos quiere santos..., no mediocres.  “Yo he venido para que tengan vida, y vida sobreabundante” (Jn 1010)  Esta plenitud de vida es la plenitud de la Gracia y de la vida sobrenatural, de la cual brota la santidad.
La santidad no es cosa reservada a unos pocos.  Jesús con su encarnación, vida, pasión, muerte y resurrección, mereció para todos..., no sólo los medios de salvación, sino también los de santificación.  Tan es así que nos dejó una invitación:  “Sed, pues, vosotros, perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto.” (Mt 548)
San Pablo lo dice a los gentiles:  “Porque esta es la Voluntad de Dios:  Vuestra santificación.” (I Tes. 43)
Ahora, si Jesús ha venido para santificarnos a todos, y es Voluntad de Dios que todos seamos santos, la santidad no podrá consistir en dones extraordinarios de naturaleza o de gracia, los cuales dependen únicamente de la generosidad divina, sino más bien, en algo que se encuentre al alcance de todas las almas de buena voluntad, aun de las más humildes y sencillas.  La santidad es la perfección de la vida cristiana, y consiste en el pleno desarrollo en nosotros de la vida sobrenatural, cuyos principios son:  La gracia santificante, las virtudes y los dones del Espíritu Santo, pero el verdadero camino que conduce a la santidad y por consiguiente a Dios, no puede ser trazado sino por el mismo Dios, por su Divina Voluntad.


El Padre ha presentado a Jesús como su Hijo muy amado en quien se complace. (Lc 322)  ¿Por qué?  Porque ve en El la imagen perfecta de Sí mismo, de todas sus infinitas perfecciones, y por eso nos lo da no sólo como Maestro, sino también como modelo.  Conforme a la Voluntad del Padre, Jesús mismo se ha proclamado como nuestro modelo:
- “Yo soy el Camino, y la Verdad y la Vida, nadie va al Padre, sino por Mí.”  (Jn 146).
- San Pablo nos dice en Rom. 829:  “Porque El, a los que preconoció, los predestinó a reproducir la imagen de su hijo, para que éste sea primogénito entre muchos hermanos.”
Por lo tanto..., ¡Seremos santos según la medida de nuestra semejanza con Cristo!  Teniendo en cuenta esto, veamos ahora algunas de las cualidades de Aquél a quien tenemos que imitar:
- El alma de Jesús está totalmente sumergida en la Santísima Trinidad; su entendimiento humano goza de la Visión Beatífica, conoce la persona del Verbo como sujeto de toda su actividad humana.  Ve al Padre de quien se siente Hijo, ve al Espíritu Santo que mora en El.
- En su corazón existe una Caridad inconmensurable, y este amor sube incesantemente hacia el Padre Celestial para desbordarse luego sobre nuestras almas.
- Jesús trabaja, predica, sana, etc., y al mismo tiempo continúa con esta vida maravillosa de unión con las Divinas Personas.
- Jesús ora, y solamente la oración de El constituye una perfecta alabanza, una perfecta acción de gracias, una perfecta reparación, un perfecto acto de amor hacia el Padre a nombre de toda la humanidad, una perfecta correspondencia de gloria y una impetración siempre eficaz, porque sólo El puede ofrecer actos de valor infinito a la Trinidad.  Pero toda la acción de Jesús se completa y llega a la perfección en el sacrificio:  El sacrificio conocido en su Pasión, sacrificio en todas sus penas internas, desconocidas en su mayor  parte y mucho más cruentas y extensas que las conocidas en su Pasión externa, inflingidas por su misma Divinidad para satisfacer completamente al AMOR, para que así, éste accediera a restablecer al hombre a su punto de origen, a su verdadera realeza, para que así, Cristo pueda ser verdaderamente REY de reyes.
La actitud constante de Jesús fue el tener en cuenta siempre y sobre todo la Voluntad de su Padre, al mismo tiempo de hacerla, pero no al modo de siervo, de esclavo, no, no, sino como en el “Padre nuestro”, donde se pide que se haga su Voluntad como en el Cielo así en la tierra.
- “He aquí que vengo -así está escrito de Mí en el rollo del libro- para hacer, ¡oh Dios! tu Voluntad.” (Hb 107).
- “Yo he bajado del Cielo no para hacer mi voluntad, sino la Voluntad del que me envió.” (Jn 638).
- “Por Mí mismo Yo no puedo hacer nada.  Juzgo según lo que oigo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la Voluntad del que me envió.” (Jn 530).
La voluntad humana de Jesús está fundida y transformada en la de Dios, no anulada sino cooperante <> (Catecismo N°  475), por eso puede decir: 
- “El que me envió está conmigo.  El no me ha dejado solo, porque Yo hago siempre lo que le agrada.” (Jn 829).
- “Mi Padre continúa obrando todavía, y por eso Yo obro también.” (Jn 517)
“El Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre; pero lo que hace El, eso también lo hace igualmente el Hijo.” (Jn 519).
- “Entonces conoceréis quién soy Yo, y que nada hago por Mí mismo, sino que hablo lo que mi Padre me ha enseñado.  El que me envió está conmigo, El no me ha dejado  solo,  porque  Yo  hago  siempre  lo que le agrada a El.” (Jn 828).
- “Yo tengo un manjar para comer que vosotros no conocéis..., mi alimento es hacer la Voluntad de Aquél que me envió y dar cumplimiento a su obra.” (Jn 432).
Jesús no solamente se entrega del todo a la misión que el Padre le ha confiado, sino que al realizarla, obra siempre en unión con el Padre, en perfecta armonía con El, y en absoluta dependencia de cuanto escucha o ve en El.  Las obras de Jesús no hacen más que traducir en manera tangible la obra incesante del Padre.  “En verdad, en verdad os digo, el Hijo no puede por Sí mismo hacer nada, sino lo que ve hacer al Padre; pero lo que Este hace, el Hijo lo hace igualmente.”  Porque Yo no he hablado por Mí mismo, sino que el Padre, que me envió, me prescribió lo que debo decir y enseñar.” (Jn 519 y 1249).
Ahora, Jesús tiene en Sí mismo las dos naturalezas:  La humana, la cual ya hemos visto cómo se comporta, y la Divina, “Hombre y Dios verdadero.”  Por eso puede decir a Felipe cuando éste le pide que le muestre al Padre:  “Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, ¿y tú no me has conocido, Felipe?  El que me ha visto, ha visto a mi Padre.” (Jn 148-ss).
Ahora sí, ya tenemos una ligera semblanza de Aquél a quien el Padre nos ha puesto como modelo, y nos ha predestinado a ser conformes a su imagen.
¡¡¡Enorme labor..., imitar a Jesús!!!   Pero la imitación de Jesús no puede limitarse a un determinado aspecto de su Vida, de su actividad externa, de sus virtudes, que es lo que hasta ahora se ha hecho, en esto ha descansado el edificio de la santidad y solamente hemos conseguido ser imitadores de El, pero no sus imágenes, no su semejanza como está dicho en el Génesis:  “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza.”  Este, que era el verdadero trabajo del hombre, crecer en esta imagen y en esta semejanza, quedó, debido al pecado original fuera del alcance, pues para poder lograrlo Dios había plantado en el centro del Edén el árbol de la Vida, del cual el hombre debía alimentarse continuamente, pero que Dios resguardó poniendo guardia de Querubines con espada de fuego para evitar que el hombre pudiera llegar a él.



¿Será posible que Dios quiera todo esto?  ¿No será tal vez una mala interpretación, una exageración, un juego de la fantasía o del enemigo infernal para desviar nuestro camino y excitar nuestra soberbia de querer ser semejantes a Dios y así poder perdernos con más facilidad?
Recurramos en primer lugar a la Sagrada Escritura para escudriñar y ver si es que existe alguna referencia:
- “Mas no ruego sólo por estos, sino también por aquellos que, mediante la palabra de ellos crean en Mí, a fin de que todos sean uno, como Tú, Padre, en Mí y Yo en Ti, que ellos también sean uno en Nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado.  Y la gloria que Tú me diste, Yo se la he dado a ellos, para que sean uno como Nosotros somos uno:  Yo en ellos y Tú en Mí, a fin de que sean perfectamente uno, y que el mundo sepa que Tú me has enviado.”  (Jn 1720-ss).
- “Llevando siempre en nuestro cuerpo la mortificación de Jesús, para que su Vida se manifieste en nuestra carne mortal.”  (II Cor  410).
- “Ya no vivo yo, es Cristo que vive en mí.”  (Gal 220).
- “En verdad os digo, quien cree en Mí, hará él también las obras que Yo hago, y aún mayores.”  (Jn 1412).
- “También por El mismo nos ha dado Dios las grandes y preciosas gracias que había prometido, para haceros partícipes, por medio de estas mismas gracias, de la Naturaleza Divina. (2 Pe, 14)
El No. 460 del Catecismo de la Iglesia Católica dice:
El Verbo se encarnó para hacernos partícipes de la “Naturaleza Divina”  Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre, para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios. (S. Irineo)  Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos dios. (S. Atanasio)  El Hijo unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su Divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres.” (Sto. Tomás)
Y así podríamos continuar, pero esto es una pequeña comprobación de que esta es la Voluntad de Dios:  “Que seamos iguales a su Hijo.”
¿Qué nos dejó todo lo anterior?  Una sola conclusión...:  No lo podemos hacer nosotros solos.  El hombre es incapaz de tanto, por eso éste es un trabajo de Dios, El lo quiere llevar a cabo en el interior de la criatura, quiere llevar a cabo una total transformación del hombre, para que haya tierras nuevas y cielos nuevos, y para ello sólo quiere encontrarnos con la completa disposición de renuncia, para así poder poner en ese vacío que quede después de esa renuncia, su Vida como vida de nosotros, para que así, al igual que Jesús y cumpliendo la petición del “Padre nuestro”, se haga en nosotros la Voluntad de Dios como en el Cielo así en la tierra.  ¡Renunciar a todo para poder conformarnos en todo a la Divina Voluntad, y dejar que sea Ella la que nos transforme en Jesús...!
Es tanta la complacencia de Jesús por el conformarse a su Voluntad, que da a entender que las almas más unidas a El y más amadas de su Corazón, son precisamente aquellas que cumplen la Voluntad de Dios, y no tuvo inconveniente en decir:  “Quienquiera que haga la Voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi Madre.”  (Mt 1250).

Escuchemos estas palabras de Jesús, las cuales nos revelan lo mucho que Dios tiene  aún por enseñarnos:
“Todavía tengo muchas cosas que deciros, más por ahora no podéis comprenderlas; cuando venga el Espíritu de Verdad, El os conducirá a toda la Verdad.”  (Jn 1612).



Bien, ¿qué debemos hacer?  ¿Cómo lograr que Dios haga este trabajo, que es un trabajo en el alma, que actúe en nuestras potencias: “Voluntad, Inteligencia y Memoria, o sea en nuestro interior, no sólo en el exterior, no en la sensibilidad sino en nuestra voluntad?  Oigamos unas palabras de Jesús dichas a un alma, Luisa Piccarreta, llamada por El mismo ‘la pequeña hija de la Divina Voluntad, en sus sublimes lecciones acerca de la Divina Voluntad obrante en la criatura:

“Hija mía, ¿quieres saber qué cosa recibe el alma cuando vive en mi Voluntad?  Recibe la unión de la Voluntad Suprema con la suya, y en esta unión mi Voluntad asume el trabajo de dar la paridad a la voluntad del alma con Ella; así que mi Voluntad es santa, es pura, es luz, y quiere volver semejante al alma en la santidad, pureza y luz; y si el trabajo del alma es el de vivir en mi Voluntad, el trabajo de mi Voluntad es dar en modo perfecto mi semejanza a la voluntad del alma.  Por eso te quiero siempre en Ella, para hacer que no sólo te tenga en su compañía, sino que te haga crecer a su semejanza, por eso te doy el alimento de sus conocimientos para hacerte crecer a modo divino con su perfecta semejanza, y es por esto que te quiero junto con Ella, dondequiera que Ella obra, a fin de que te pueda dar el acto de su obrar, el valor que contiene el obrar de una Voluntad Divina, y tú puedas recibirlo.”


www.divinavoluntad.info

sábado, 2 de febrero de 2013

OCCIDENTE HA ABANDONADO A JESUCRISTO. SE ACERCA UNA GRAN CUARESMA

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1973, ése fue el año en que fueron construidas las Torres Gemelas. No es una década cualquiera. En esos años, el Imperio Americano alcanzó la cima de su poder. Esta afirmación requeriría de muchos matices, pero esencialmente fue así. Las Torres Gemelas señalan el cénit de esa Nueva Roma y su derrumbamiento marca su ocaso. Ellas indican el umbral del cénit y el umbral del ocaso. En ese sentido, esos dos edificios constituyen como un gran arco: un arco de la victoria primero. Y el hundimiento de ese arco después, constituye un símbolo obvio. Arco, columnas, torres, se vea como se vea, es difícil no entender el hecho como evento simbólico parte de una gran alegoría.
 
La caída de las torres de las águilas fue el pórtico de entrada a una nueva era: el hundimiento de Occidente. El prólogo de ese hundimiento se evidenció en la quiebra de varios estados europeos: Islandia, Irlanda, Grecia, España. Sí, no es una cuestión retórica, han quebrado verdaderamente. Si bien, por razones continentales, otros han sostenido al que ya no podía ni con todas sus fuerzas. Una y otra vez me viene la imagen de un hombre antes fuerte, caído sobre sus rodillas y cuyos brazos son sostenidos por otros.
 
La quiebra de los estados, tremendo prólogo de un círculo vicioso que no ha hecho más que empezar. Las fichas de dominó, colocadas en posición vertical, han temblado. Nadie cree que la calma de este agosto sea el anuncio de que el peligro ha pasado. Nadie. Es sólo una tregua, la calma antes de la tempestad. El sistema bancario se comportará como un gran dominó, con un movimiento serpentino, casi mecánico, predecible e imparable. Nos hallamos en la calma antes de la tempestad perfecta.
 
Después vendrán los desórdenes sociales. Los disturbios nocturnos de Londres en el 2011 de Londres fueron un presagio. Madrid y sus indignados, también. Presagio de lo que será noticia diaria en Europa dentro de unos años. Ahora se habla de crisis todos los días. Dentro de unos años lo que veremos en nuestras pantallas de televisión serán los desórdenes. Para eso faltan todavía, años. Pero el círculo vicioso financiero ya ha comenzado su danza macabra. El agua entra en las bodegas. Falta para que se escore el barco de un continente, pero se escorará. Qué vaya a ocurrir en medio de ese caos, no lo veo claro.
 
Pero si tengo una visión tan poco optimista del asunto, es por lo que repetía Amparo Cuevas (la vidente de El Escorial) en su agonía: la Humanidad no puede seguir así, la Humanidad no puede seguir así.
 
No es que lo diga esa vidente, no es que lo diga la Virgen María en Fátima (la cual advirtió que la Segunda Guerra Mundial era un castigo por los pecados), es que lo dice la Palabra de Dios.
 
Se ha acumulado demasiado pecado. El cristianismo se hunde en Occidente, en todo Occidente. Lo que antes fue la Cristiandad, ahora abandona el Evangelio: no necesitan a Dios.
 
Muy bien, pues disfrutad de vuestra civilización que no necesita a al Creador. Disfrutad antes de que descienda la ira divina. La Virgen habló muy claro en Fátima, en Ezquioga (antes de la guerra civil), en El Escorial, en Akita (Japón) y en más lugares. Dios ha hablado, pero no se le ha escuchado. El Altísimo ahora también tiene sus profetas. Y todos los místicos del mundo, desde hace una generación, nos avisan a coro: se acerca un tiempo de purificación, una gran purificación
 
Los hombres pudieron haber cambiado de camino. Por el contrario, han duplicado y triplicado la medida de su iniquidad. Rezad el rosario cada día. Convertíos y creed en el Evangelio. Confesaos. Cambiad. El castigo no viene ya, quedan años, porque Nuestro Padre nos da tiempo. Pero Jesús, Nuestro Maestro, nos enseñó a mirar los signos de los tiempos. Y las nubes del horizonte son cada vez más oscuras, más densas, más amenazantes. Todo esto no es para mañana, pero sí para pasado mañana. Dicho de otro modo, aunque nadie (y menos que nadie yo) sabe ninguna fecha, es mi opinión que en los próximos cinco o siete años esas nubes ominosas se van a ir acercando. El proceso habrá sido tan lento, tan progresivo, que la tormenta, cuando llegue, no sorprenderá a nadie.
 
No estoy volcando aquí las revelaciones que alguien me haya comunicado, no. Estoy hablando de los signos de los tiempos. Por supuesto que os descubro mis pensamientos, presentándolos como una opinión personal. Insisto en que no recibo ni visiones, ni locuciones. Pero se ha acumulado ya demasiado pecado. Pronto dirá Dios: basta.
 
Nos hemos acostumbrado a nuestra propia iniquidad. Esta generación descubrirá la objetividad de las leyes del Altísimo.
 
PUBLICADO POR PADRE FORTEA

lunes, 21 de enero de 2013

La Santa Misa


A la hora de tu muerte, tu mayor consolación serán las Misas que durante tu vida oíste.
Cada Misa que oíste te acompañará al Tribunal Divino y abogará para que alcances perdón.
Con cada misa puedes disminuir el castigo temporal que debes por tus pecados, en proporción con el fervor que la oigas.
Con la asistencia devota a la Santa Misa, rindes el mayor homenaje a la Humanidad Santísima de Nuestro Señor.
La Santa Misa bien oída suple tus mayores negligencias y omisiones.
Por la Santa Misa bien oída se te perdonan todos los pecados veniales que estás resuelto a evitar, y muchos otros de que ni siquiera te acuerdas, Por ella pierde también el demonio sobre ti.
Ofreces el mayor consuelo a las ánimas benditas del Purgatorio.
Una Misa oída mientras vives, te aprovechará mucho más que muchas que ofrezcan por ti después de tu muerte.
Te libras de muchos peligros y desgracias, en los cuales quizá caerías si no fuera por la Santa Misa. Acuérdate también de que con ella acortarás tu purgatorio.
Con cada Misa aumentas tus grados de gloria en el cielo. En ella recibes la bendición del sacerdote, porque Dios ratifica en el Cielo.
Durante la Misa te arrodillas en medio de una multitud de ángeles que asisten invisiblemente al Santo Sacrificio con suma reverencia.
Consigues bendiciones en tus negocios y asuntos temporales.
Cuando oímos Misa en honor e algún Santo en Particular, dando a Dios gracias por los favores pedidos a ese Santo, no podemos menos que ganarnos su protección y especial amor, por el primer gozo y felicidad que de nuestra buena obra se le sigue.
Todos los días que oímos Misa estaría bien que además de las otras intenciones, tuviéramos la de honrar el Santo del día.

IMPRIMATUR: 
JUAN J. CLENNON
Arzobispo de St. Louis.

domingo, 16 de diciembre de 2012

El valor de la cruz


El valor de la cruz

Desafortunadamente, el hombre de hoy tiene un concepto equivocado de lo que es la ascesis o penitencia y en muy baja estima el valor de la cruz. La vida cómoda y materialista que vivimos nos hace despreciar con facilidad estos dos valores que son fundamentales en la vida (cf. Mt 10, 38), no sólo para alcanzar la santidad y con ello la plenitud, sino incluso para poder vivir una vida razonablemente alegre y estable. Y es que la penitencia actúa como una fuerza reguladora sobre nuestras pasiones y deseos, los cuales dejados en libertad pueden llegar a destruir nuestra vida. Para contenerlos, en algunos casos debemos agregar a nuestra vida algo, “ ascesis positiva”, y en otros eliminar o matizar, “ ascesis negativa”. En ambas direcciones la penitencia supone una renuncia, por lo que esto no se podrá hacer sin la ayuda de la cruz y del Espíritu Santo. La penitencia cristiana, correctamente entendida, no es estoicismo, ni platonismo, por lo que no se trata de destruir nuestro cuerpo, sino que es una “herramienta espiritual que ayuda a que los criterios y la vida evangélica, pasen de la mente al corazón y del corazón a la vida diaria”. 

Por: Pbro. Ernesto María Caro
 http://www.evangelizacion.org.mx/biblioteca/#

sábado, 15 de diciembre de 2012

La palabra de Dios por Marino Restrepo

Explicacion de la palabra de Dios por Marino Restrepo



La Gran riqueza de la lectura de las sagradas escrituras, la palabra de Dios es vida y un gran tesoro para los catolicos.

sábado, 8 de diciembre de 2012

La voluntad de Dios


LA CONFORMIDAD CON LA VOLUNTAD DE DIOS 
La perfecta conformidad con la voluntad divina es uno de los principales medios de santificación. Escribe Santa Teresa: “Toda la pretensión de quien comienza oración (y no se olvide esto, que importa mucho) ha de ser trabajar y determinarse y disponerse, con cuantas diligencias pueda, a hacer su voluntad conforme con la de Dios..., y en esto consiste toda la mayor perfección que se puede alcanzar en el camino espiritual. Quien más perfectamente tuviera esto, más recibirá del Señor y más adelante está en este camino. No penséis que hay aquí más algarabías ni cosas no sabidas y entendidas; que en esto consiste todo nuestro bien”.
Dada la singular importancia de este medio, vamos a estudiar cuidadosamente su naturaleza, su fundamento, su excelencia ynecesidad, el modo de practicarla y, finalmente, sus grandes frutos y ventajas.
1. Naturaleza. – Consiste la conformidad con la voluntad de Dios en una amorosa, entera y entrañable sumisión y concordia de nuestra voluntad con la de Dios en todo cuanto disponga o permita de nosotros. Cuando es perfecta, se la conoce más bien con el nombre de santo abandono en la voluntad de Dios. En sus manifestaciones imperfectas se la suele aplicar el nombre de simpleresignación cristiana.
Para entender rectamente esta doctrina hay que tener en cuenta algunos prenotandos. Helos aquí:
PRENOTANDOS. – 1.º  La santidad es el resultado conjunto de la acción de Dios y de la libre cooperación del hombre. “Ahora bien: si Dios trabaja con nosotros en nuestra santificación, justo es que Él lleve la dirección de la obra; nada se deberá hacer que no sea conforme a sus planes, bajo sus órdenes y a impulsos de su gracia. Es el primer principio y último fin; nosotros hemos nacido para obedecer a sus determinaciones” (Lehodey, El santo abandono, p. 1, c. 1).
2.º  La voluntad de Dios, simplísima en sí misma, tiene diversos actos con relación a las criaturas. Los teólogos suelen establecer la siguiente división:
a) Voluntad absoluta, cuando Dios quiere alguna cosa sin ninguna condición, como la creación del mundo; y condicionada, cuando lo quiere con alguna condición, como la salvación de un pecador si hace penitencia o se arrepiente.
b) Voluntad antecedente es la que Dios tiene en torno a una cosa en sí misma o absolutamente considerada (v. gr., la salvación de todos los hombres en general), y voluntad consiguiente es la que tiene en torno a una cosa revestida ya de todas sus circunstancias particulares y concretas (v. gr., la condenación de un pecador que muere impenitente).
c) Voluntad de signo y voluntad de beneplácito. Ésta es la que más nos interesa aquí. He aquí cómo las expone el P. Garrigou-Lagrange:
“Se entiende por voluntad divina significada (o voluntad de signo) ciertos signos de la voluntad de Dios, como los preceptos, las prohibiciones, el espíritu de los consejos evangélicos, los sucesos queridos o permitidos por Dios. La voluntad divina significada de ese modo, mayormente la que se manifiesta en los preceptos, pertenece al dominio de la obediencia. A ella nos referimos, según Santo Tomás (1, 19, 11), al decir en el Padrenuestro: Fiat voluntas tua.
La voluntad divina de beneplácito es el acto interno de la voluntad de Dios aún no manifestado ni dado a conocer. De ella depende el porvenir todavía incierto para nosotros: sucesos futuros, alegrías y pruebas de breve o larga duración, hora y circunstancias de nuestra muerte, etc. Como observa San Francisco de Sales (Amor de Dios l.8 c.3; l.9 c.6), y con él Bossuet (États d’oraison 1, 8, 9), si la voluntad significada constituye el dominio de la obediencia, la voluntad de beneplácito pertenece al delabandono en las manos de Dios. Como largamente diremos más tarde, ajustando cada día más nuestra voluntad a la de Dios significada, debemos en lo restante abandonarnos confiadamente en el divino beneplácito, ciertos de que nada quiere ni permite que no sea para el bien espiritual y eterno de los que aman al Señor y perseveran en su amor”.
Estas últimas palabras del P. Garrigou expresan la naturaleza íntima de la perfecta conformidad con la voluntad de Dios. Se trata efectivamente del cumplimiento íntegro, amoroso y entrañable de la voluntad significada de Dios a través de sus operaciones, permisiones, preceptos, prohibiciones consejos –que son, según Santo Tomás, los cinco signos de esa voluntad divina– y de la rendida aceptación y perfecta concordia con todo lo que se digne disponer por su voluntad de beneplácito.
2. Fundamento. – Como dice muy bien Lehodey, la conformidad perfecta, o santo abandono, tiene por fundamento la caridad. “No se trata aquí ya de la conformidad con la voluntad divina, como lo es la simple resignación, sino de la entrega amorosa, confiada yfilial, de la pérdida completa de nuestra voluntad en la de Dios, pues propio es del amor unir así estrechamente las voluntades. Este grado de conformidad es también un ejercicio muy elevado del puro amor, y no puede hallarse de ordinario sino en las almas avanzadas, que viven principalmente de ese puro amor”.
Ahora bien: ¿cuáles son los principios teológicos en que puede apoyarse esta omnímoda sumisión y conformidad con la voluntad de Dios?
El P. Garrigou-Lagrange señala los siguientes:
1.º  Nada sucede que desde toda la eternidad no lo haya Dios previsto y querido o por lo menos permitido.
2.º  Dios no puede querer ni permitir cosa alguna que no esté conforme con el fin que se propuso al crear, es decir, con la manifestación de su bondad y de sus infinitas perfecciones y con la gloria del Verbo encarnado, Jesucristo, su Hijo unigénito (1 Cor. 3, 23).
3.º  Sabemos que todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios, de aquellos que, según sus designios, han sido llamados” (Rom. 8, 28) y perseveran en su amor.
4.º  Sin embargo, el abandono en la voluntad de Dios a nadie exime de esforzarse en cumplir la voluntad de Dios significada en los mandamientos, consejos y sucesos, abandonándonos en todo lo demás a la voluntad divina de beneplácito por misteriosa que nos parezca, evitando toda inquietud y agitación.
3. Excelencia y necesidad. – Por lo que llevamos dicho, aparece clara la gran excelencia y necesidad de la práctica cada vez más perfecta del santo abandono en la voluntad de Dios.
“Lo que constituye la excelencia del santo abandono es la incomparable eficacia que posee para remover todos los obstáculos que impiden la acción de la gracia, para hacer practicar con perfección las más excelsas virtudes y para establecer el reinado absoluto de Dios sobre nuestra voluntad”.
El P. Piny escribió –como es sabido– una hermosa obrita para poner de manifiesto la excelencia de la vida de abandono en la voluntad de Dios. En ella prueba el insigne dominico que ésta es la vía que más glorifica a Dios, la que santifica más al alma, la menos sujeta a ilusiones, la que proporciona al alma mayor paz, la que mejor hace practicar las virtudes teologales y morales, la más a propósito para adquirir el espíritu de oración, la más parecida al martirio e inmolación de sí mismo y la que más asegura en la hora de la muerte.
La necesidad de entrar por esta vía puede demostrarse por un triple capítulo.
1.º  El derecho divino. – a) Somos siervos de Dios, en cuanto criaturas suyas. Dios nos creó, nos conserva continuamente en el ser, nos redimió, nos ha ordenado a Él como a nuestro último fin. No nos pertenecemos a nosotros mismos, sino a Dios (1 Cor. 6, 19).
b) Somos hijos y amigos de Dios: el hijo debe estar sometido a su padre por amor, y la amistad produce la concordia de voluntades: idem velle et rolle.
2.º  Nuestra utilidad, por la gran eficacia santificadora de esta vía. Ahora bien: la santidad es el mayor bien que podemos alcanzar en este mundo y el único que tendrá una inmensa repercusión eterna. Todos los demás bienes palidecen y se esfuman ante él.
3.º  El ejemplo de Cristo. – Toda la vida de Cristo sobre la tierra consistió en cumplir la voluntad de su Padre celestial. “Al entrar en el mundo dije: He aquí que vengo para hacer, Dios mío, tu voluntad” (cf. Hebr. 10, 5-7). Durante su vida manifiesta continuamente que está pendiente de la voluntad de su Padre celestial: “Me conviene estar en las cosas de mi Padre” (Lc. 2, 49); “Yo hago siempre lo que a Él le agrada” (Jn 8, 29); “Ésta es mi comida y mi bebida” (Jn. 4, 34); “Éste es el mandato que he recibido de mi Padre” (Jn. 10, 18); “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc. 22, 42).
A imitación de Cristo, ésta fue toda la vida de María: “he aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc. 1, 38), y la de todos los santos: “mira y obra conforme al ejemplar” (Ex. 25, 40).
4. Modo de practicarla. – En sus líneas fundamentales, ya lo hemos indicado más arriba. Hay que conformarse, ante todo,con la voluntad de Dios significada, aceptando con rendida sumisión y esforzándose en practicar con entrañas de amor todo lo que Dios ha manifestado que quiere de nosotros a través de los preceptos de Dios y de la Iglesia, de los consejos evangélicos, de los votos y de las reglas, si somos religiosos; de las inspiraciones de la gracia en cada momento. Y hemos de abandonarnos enteramente, con filial confianza, a los ocultos designios de su voluntad de beneplácito, que, de momento, nos son completamente desconocidos; nuestro porvenir, nuestra salud, nuestra paz o inquietudes, nuestros consuelos o arideces, nuestra vida corta o larga. Todo está en manos de la Providencia amorosa de nuestro buen Dios, que es, a la vez, nuestro Padre amantísimo: que haga lo que quiera de nosotros en el tiempo y en la eternidad.
Esto es lo fundamental en sus líneas generales. Pero para mayor abundamiento, vamos a concretar un poco más la manera de practicar esta santa conformidad y abandono en las principales circunstancias que se pueden presentar en nuestra vida.
A) Con relación a la voluntad significada. – De cinco maneras, dice Santo Tomás (1, 19, 12), se nos manifiesta o significa la voluntad de Dios:
1.ª  Haciendo algo directamente y por sí mismo: Operación.
2.ª  Indirectamente, o sea, no impidiendo que otros lo hagan: Permisión.
3.ª  Imponiendo su voluntad por un precepto propio o de otros: Precepto.
4.ª  Prohibiendo en igual forma lo contrario: Prohibición.
5.ª  Persuadiendo la realización u omisión de algo: Consejo.
El Doctor Angélico advierte (ibid.) que la operación y el permiso se refieren al presente; la operación al bien, y el permiso al mal. Los otros tres modos se refieren al futuro en la siguiente forma: el precepto, al bien futuro necesario; la prohibición, al mal futuro, que es obligatorio evitar, y el consejo, a la sobreabundancia del bien futuro. No cabe establecer una división más perfecta y acabada.
Examinemos ahora brevemente los principales modos de conformarnos con cada una de esas manifestaciones de la voluntad de Dios significada:
1.º  Operación”. – Dios siempre quiere positivamente lo que hace por sí mismo, porque siempre se refiere al bien y siempre está ordenado a su mayor gloria. A este capítulo pertenecen todos los acontecimientos individuales, familiares y sociales, que han sido dispuestos por Dios mismo y no dependen de la voluntad de los hombres. Unas veces esos acontecimientos son dulces, y nos llenan de alegría; otras son amargos, y pueden sumirnos en la mayor tristeza, si no vemos en ellos la mano amorosísima de Dios que ha dispuesto aquello para su gloria y nuestro mayor bien. Una enfermedad providencial puede arrojar en brazos de Dios a un alma extraviada. Todo lo que el Señor dispone es bueno y óptimo para nosotros, aunque de momento pueda causarnos gran tristeza o dolor. Ante estos acontecimientos prósperos o adversos, individuales o familiares, que nos vienen directamente de la mano de Dios, sin intervención alguna de los hombres (v. gr., accidentes imprevistos, enfermedades incurables, muerte de familiares o amigos, etc.), sólo cabe una actitud cristiana: fiat voluntas tua (hágase tu voluntad). Si el amor de Dios nos hace rebasar la simple resignación –que es virtud muy imperfecta– y lanzamos, aunque sea a través de nuestras lágrimas, una mirada al cielo llena de reconocimiento y gratitud (Te Deum... Magnificat...) por habernos visitado con el dolor, habremos llegado a la perfección en la vía del abandono y de perfecta conformidad con la voluntad de Dios.
2.º  Permisión. – Dios nunca quiere positivamente lo que permite, porque se refiere a un mal, y Dios no puede querer el mal. Pero su infinita bondad y sabiduría sabe convertir en mayor bien el mismo mal que permite, y por esto precisamente lo permite. El mayor mal y el más grave desorden que se ha cometido jamás fue la crucifixión de Jesucristo, y Dios supo ordenarla al mayor bien que ha recibido jamás la humanidad pecadora: su propia redención.
¡Qué mirada tan corta y qué funesta miopía la nuestra cuando en los males que Dios permite que vengan sobre nosotros nos detenemos en las causas segundas o inmediatas que los han producido y no levantamos los ojos al cielo para adorar los designios de Dios, que las permite para nuestro mayor bien! Burlas, persecuciones, calumnias, injusticias, atropellos, etc., etc., de que somos víctimas son, ciertamente, pecados ajenos, que Dios no puede querer en sí mismos, pero los permite para nuestro mayor bien. ¿Cuándo sabremos remontarnos por encima de las causas segundas para ver en todo ello la providencia amorosa de Dios, que nos pide no la venganza o el desquite, sino el amor y la gratitud por ese beneficio que nos hace? En la injusticia de los hombres hemos de ver la justicia de Dios, que castiga nuestros pecados, y hasta su misericordia, que nos los hace expiar.
3.º  Precepto”. – Ante todo y sobre todo es preciso conformarnos con la voluntad de Dios preceptuada: “porque antes pasarán el cielo y la tierra que falte una jota o una tilde de la Ley hasta que todo se cumpla” (Mt. 5, 18). Sería lamentable extravío y equivocación tratar de agradar a Dios con prácticas de supererogación inventadas y escogidas por nosotros, y descuidando los preceptos que Él mismo nos ha impuesto directamente o por medio de sus representantes. Mandamientos de Dios y de la Iglesia, preceptos de los superiores, deberes del propio estado: he ahí lo primero que tenemos que cumplir hasta el detalle si queremos conformarnos plenamente con la voluntad de Dios manifestada. Tres son nuestras obligaciones ante esos preceptos: a) conocerlos: “no seáis insensatos, sino entendidos de cuál es la voluntad del Señor” (Ef. 5, 17); b) amarlos: “por eso yo amo tus mandamientos más que el oro purísimo” (Sal. 118, 127), y c) cumplirlos: “porque no todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos” (Mt. 7, 21).
4.º  Prohibición”. – El primer paso y el más elemental e indispensable para conformar nuestra voluntad con la de Dios ha de ser evitar cuidadosamente el pecado que le ofende, por pequeño que sea o parezca ser. “Pecado muy de advertencia, por chico que sea, Dios nos libre de él. ¡Cuánto más que no hay poco, siendo contra una tan gran Majestad y viendo que nos está mirando! Que esto me parece a mí es pecado sobrepensado y como quien dice: Señor, aunque os pese, esto haré; ya veo que lo veis y sé que no lo queréis y lo entiendo; mas quiero más seguir mi antojo y apetito que no vuestra voluntad. Y que en cosa de esta suerte hay poco, a mí no me lo parece por leve que sea la culpa, sino mucho muy mucho”. Nada se puede añadir a estas juiciosas palabras de Santa Teresa.
Pero puede ocurrir que, a pesar de nuestros esfuerzos, incurramos en alguna falta y acaso en un pecado grave. ¿Qué debemos hacer en estos casos? Hay que distinguir en toda falta dos aspectos: la ofensa de Dios y la humillación nuestra. La primera hay que rechazarla con toda el alma; nunca la deploraremos bastante, por ser el único mal verdaderamente digno de lamentarse. La segunda, en cambio, hemos de aceptarla plenamente, gozándonos de recibir en el acto ese castigo que empieza a expiar nuestra falta: “bien me ha estado ser humillado, para aprender tus mandamientos” (Sal. 118, 71). Hay quien, al arrepentirse de sus pecados, lamenta más la humillación que le han acarreado (v. gr., ante el confesor) que la misma ofensa de Dios. ¿Cómo es posible que una contrición tan humana produzca verdaderos frutos sobrenaturales?
5.º  Consejo”. – El alma que quiera practicar en toda su perfección la tal conformidad con la voluntad de Dios ha de estar pronta a practicar los consejos evangélicos –al menos en cuanto a su espíritu, si no es persona consagrada a Dios por los votos religiosos– y a secundar los movimientos interiores de la gracia que le manifiesten lo que Dios quiere de ella en un momento determinado. (Para ver esto en detalle consulte: Fidelidad a la gracia).
B) Con relación a la voluntad de beneplácito. – Los designios de Dios en su voluntad de beneplácito nos son –decíamos– enteramente desconocidos. No sabemos lo que Dios tiene dispuesto sobre nuestro porvenir o el de los seres queridos. Pero sabemos ciertamente tres cosas: a) que la voluntad de Dios es la causa suprema de todas las cosas; b) que esa voluntad divina es esencialmente buena y benéfica, y c) que todas las cosas prósperas o adversas que puedan ocurrir contribuyen al bien de los que aman a Dios y quieren agradarle en todo. ¿Qué más podemos exigir para abandonarnos enteramente al beneplácito de nuestro buen Dios con la misma confianza filial que un niño pequeño en brazos de su madre?
Es la santa indiferencia, que recuerda San Ignacio en el “principio y fundamento” de sus Ejercicios como disposición básica y fundamental de toda la vida cristiana: “Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío y no le está prohibido; de tal manera que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados”.
Pero es preciso entender rectamente esta indiferencia para no dar en los lamentables extravíos del quietismo y sus derivados. Examinemos cuidadosamente su fundamento, su naturaleza y su extensión.
a) Fundamento. – La santa indiferencia se apoya en aquellos tres principios teológicos que acabamos de recordar, que son su fundamento inconmovible. Es evidente que si la voluntad divina es la causa suprema de todo cuanto ocurre, y ella es infinitamente buena, santa, sabia, poderosa y amable, la conclusión se impone: cuanto más se conforme y coincida mi voluntad con la de Dios, tanto más buena, santa, sabia, poderosa y amable será. Nada malo puede ocurrirme con ello, pues los mismos males que Dios permita que vengan sobre mí contribuirán a mi mayor bien si sé aprovecharme de ellos en la forma prevista y querida por Dios.
b) Naturaleza– Para precisar la naturaleza y verdadero alcance de la santa indiferencia hay que tener en cuenta tres principios fundamentales:
1.º  Su finalidad es que el hombre se entregue totalmente a Dios saliendo de sí mismo. No se trata de un encogimiento de hombros estoico e irracional ante lo que pueda ocurrirnos, sino del medio más eficaz para que nuestra voluntad se adhiera fuertemente a la de Dios.
2.º  Esta indiferencia se entiende solamente según la parte superior del alma. Porque, sin duda alguna, la parte inferior o inclinación natural –voluntas ut natura, como dicen los teólogos– no puede menos de sentir y acusar los golpes del infortunio o la desgracia. Sería tan imposible pedirle a la sensibilidad que no sienta nada ante el dolor como decirle a una persona que acaba de encontrarse con un león amenazador: no tengas miedo. No es posible dejarlo de tener (San Francisco de Sales). De donde no hay que turbarse cuando se siente la repugnancia de la naturaleza, con tal de que la voluntad quiera aceptar aquel dolor como venido de la mano de Dios, a pesar de todas las protestas de la sensibilidad inferior. Éste es exactamente el ejemplo que nos dio Nuestro Señor Jesucristo, quien por una parte deseaba ardientemente su pasión –“quomodo coarctor!”... (Lc. 12, 50), “desiderio desideravi”... (Lc. 22, 15)– y por otra parte acusaba el dolor de la parte sensible: “Me muero de tristeza”... (Mt. 26, 38): “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt. 27, 46). Y cuando San Juan de la Cruz lanzaba su heroica exclamación: “padecer, Señor, y ser despreciado por vos”, o Santa Teresa su “o morir o padecer”, o Santa Magdalena de Pazzi su “no morir, sino padecer”, es evidente que no lo decían según la parte inferior de su sensibilidad –pues eran de carne y hueso, como todos los demás–, sino únicamente según su voluntad superior, que querían someter totalmente al beneplácito divino a despecho de todas las protestas de la naturaleza sensible.
3.º  Esta indiferencia, finalmente, no es meramente pasiva, sino verdaderamente activa, aunque determinada únicamente por la voluntad de Dios. En los casos en que esta voluntad divina aparece ya manifestada (voluntad de signo), la voluntad del hombre se lanza a cumplirla con generosidad rápida y ardiente. Y en los que la divina voluntad no se ha manifestado todavía (voluntad de beneplácito) está en estado de perfecta disponibilidad para aceptarla y cumplirla apenas se manifieste.
Esta indiferencia, pues, nada tiene que ver con la quietud ociosa e inactiva que soñaron los quietistas, justamente condenada por la Iglesia.
c)  Extensión– “La indiferencia –dice San Francisco de Sales– se ha de practicar en las cosas referentes a la vida natural, como la salud, la enfermedad, la hermosura, la fealdad, la flaqueza, la fuerza; en las cosas de la vida social, como los honores, categorías y riquezas; en los diversos estados de la vida espiritual, como las sequedades, consuelos, gustos y arideces; en las acciones, en los sufrimientos y, en fin, en toda clase de acontecimientos o circunstancias”.
En los capítulos siguientes describe maravillosamente el santo obispo de Ginebra cómo haya de practicarse esta indiferencia y omnímodo abandono en las más difíciles circunstancias: en las cosas del servicio de Dios, cuando Él permite el fracaso después de haber hecho por nuestra parte todo cuanto podíamos; en nuestro adelantamiento espiritual, cuando, a pesar de todos nuestros esfuerzos, parece que no adelantamos nada; en la permisión de los pecados ajenos, que hemos de odiar en sí mismos, pero adorando a la vez la divina permisión, que no los permite jamás sino para sacar mayores bienes; en nuestras propias faltas, que hemos de odiar y reprimir, pero aceptando a la vez la humillación que nos reportan y doliéndonos de ellas con un “arrepentimiento fuerte, sereno, constante y tranquilo, pero no inquieto, turbulento ni desalentado”, etc., etc. Es preciso leer despacio esas preciosas páginas, llenas de delicadas sugerencias e ingeniosas comparaciones, que constituyen como el código fundamental que han de tener en cuenta las almas en su vida de abandono a la divina voluntad.
Una última cuestión: ¿Hay que llegar en este omnímodo abandono a hacerse indiferente a la propia salvación, como decían los quietistas y semiquietistas? De ninguna manera. Este delirio y extravío está expresamente condenado por la Iglesia. Dios quiere que todos los hombres se salven (1 Tim. 2, 4), y solamente permite que se condenen los que voluntariamente se empeñan en ello conculcando sus mandamientos y muriendo impenitentes. Renunciar a nuestra propia salvación con el pretexto de practicar con mayor perfección el abandono total en manos de Dios sería oponernos a la voluntad misma de Dios, que quiere salvarnos, y al apetito natural de nuestra propia felicidad, que nos viene del mismo Dios a través de la naturaleza. Lo único que se debe hacer es desear nuestra propia salvación, no sólo ni principalmente porque con ella alcanzaremos nuestra felicidad, sino ante todo porque Dios lo quiere, y con ella le glorificaremos con todas nuestras fuerzas. El motivo de la gloria de Dios ha de ser el primero, y debe prevalecer por encima del de nuestra propia felicidad, pero sin renunciar jamás a esta última, que entra plenamente –aunque en segundo lugar– en el mismo querer y designio de Dios.
5.  Frutos y ventajas de la vida de abandono en Dios. – Son inestimables los frutos y ventajas de la vida de perfecto abandono en la amorosa providencia de Dios. Aparte de los ya señalados al hablar de su excelencia, merecen recordarse los siguientes:
1.º  Nos hace llevar una vida de dulce intimidad con Dios, como el niño en brazos de su madre.
2.º  El alma camina con sencillez y libertad; no desea más que lo que Dios quiera.
3.º  Nos hace constantes y de ánimo sereno a través de todas las situaciones: Dios lo ha querido así.
4.º  Nos llena de paz y de alegría: nada puede sobrevenir capaz de alterarlas, pues sólo queremos lo que Dios quiera.
5.º  Nos asegura una muerte santa y un gran valimiento delante de Dios: en el cielo, Dios cumplirá la voluntad de los que hayan cumplido la de Él en la tierra.
(Fuente: "Teología de la perfección cristiana" - A. Royo Marín. BAC.)

(Meditaciones del libro "Preparación para la muerte",
de San Alfonso María de Ligorio,
Doctor de la Iglesia)
PUNTO 1
Todo el fundamento de la salud y perfección de nuestras almas consiste en el amor de Dios. “Quien no ama está en la muerte. La caridad es el vínculo de la perfección” (1 Jn. 3, 14; Col. 3, 14). Mas la perfección del amor es la unión de nuestra propia voluntad con la voluntad divina, porque en esto se cifra –como dice el Areopagita– el principal efecto del amor, en unir de tal modo la voluntad de los amantes, que no tengan más que un solo corazón y un solo querer.
En tanto, pues, agradan al Señor nuestras obras, penitencias, limosnas, comuniones, en cuanto se conforman con su divina voluntad, pues de otra manera no serían virtuosas, sino viciosísimas y dignas de castigo.
Esto mismo, muy especialmente, nos manifestó con su ejemplo nuestro Salvador cuando del Cielo descendió a la tierra. Esto, como enseña el Apóstol (Hech. 10, 5-7), dijo el Señor al entrar en el mundo: “Vos, Padre mío, habéis rechazado las víctimas ofrecidas por el hombre, y queréis que os sacrifique con la muerte este Cuerpo que me habéis dado. Cúmplase vuestra divina voluntad”. Y lo mismo declaró muchas veces, diciendo (Jn. 6, 38) que no había venido sino para cumplir la voluntad de su Padre.
Con lo cual quiso patentizarnos el infinito amor que al Padre tiene, puesto que vino a morir para obedecer el divino mandato (Jn. 14, 31). Dijo, además (Mt. 12, 50), que reconocería por suyos únicamente a los que cumplieran la voluntad de Dios, y por esta causa el único fin y deseo de los Santos en todas sus obras ha sido el cumplimiento de ella. El Beato Enrique Susón exclama: “Preferiría ser el gusano más vil de la tierra, por voluntad de Dios, que ser por la mía un serafín”.
Santa Teresa dice que lo que ha de procurar el que se ejercita en oración es conformar su voluntad con la divina, y que en eso consiste la más encumbrada perfección, de tal suerte, que quien en ello sobresaliere recibirá de Dios más altos dones y adelantará más en la vida interior.
Los bienaventurados en la gloria aman a Dios perfectamente, porque su voluntad está unida y conforme por completo con la voluntad divina. Así, Jesucristo nos enseñó que pidiéramos la gracia de cumplir en la tierra la voluntad de Dios como los Santos en el Cielo. Fiat voluntas tua, sicut in coelo, et in terra.
Quien así lo hiciere, será hombre según el corazón de Dios, como llamaba el Señor a David, porque éste se hallaba dispuesto siempre a cumplir lo que Dios quería, y continuamente le suplicaba que le enseñase a ponerlo por obra (Sal. 142, 10).
¡Cuánto vale un solo acto de perfecta resignación a lo que Dios dispone! Bastaría para santificarnos... Va Pablo a perseguir a la Iglesia, y Cristo se le aparece y le ilumina y convierte con su gracia. El Santo se ofrece a cumplir lo que Dios le mande (Hch. 9, 6): “Señor, ¿qué quieres que haga?” Y Jesucristo le llama vaso de elección (Hch. 9, 15) y Apóstol de las gentes.
El que ayuna y da limosna y se mortifica por Dios, da una parte de sí mismo; pero el que entrega a Dios su voluntad, le da todo cuanto tiene. Esto es lo que Dios nos pide, el corazón, la voluntad (Pr. 23, 26).
Tal ha de ser, en suma, el blanco de nuestros deseos, de nuestras devociones, comuniones y demás obras piadosas, el cumplimiento de la voluntad divina. Éste debe ser el norte y mira de nuestra oración: el impetrar la gracia de hacer lo que Dios quiera de nosotros.
Para esto hemos de pedir la intercesión de nuestros Santos protectores, y especialmente de María Santísima, para que nos alcance luces y fuerzas, con el fin de que se conforme nuestra voluntad con la de Dios en todas las cosas, y sobre todo en las que repugnan a nuestro amor propio... Decía el Beato M. P. Ávila: “Más vale un ‘bendito sea Dios’, dicho en la adversidad, que mil acciones de gracias en los sucesos prósperos”. 
PUNTO 2
Menester es conformarnos con la voluntad divina, no sólo en las cosas que recibimos directamente de Dios, como son las enfermedades, las desolaciones espirituales, la pérdida de hacienda o de parientes, sino también en las que proceden sólo mediatamente de Dios, que nos la envía por medio de los hombres, como la deshonra, desprecios, injusticias y toda suerte de persecuciones. Y adviértase que cuando se nos ofenda en nuestra honra y se nos dañe en nuestra hacienda, no quiere Dios el pecado de quien nos ofende o daña, pero sí la humillación o pobreza que de ello nos resulta.
Cierto es, pues, que cuanto sucede, todo acaece por la divina voluntad. Yo soy el Señor que formó la luz y las tinieblas, y hago la paz y creo la desdicha (Is. 45, 7). Y en el Eclesiástico leemos: “Los bienes y los males, la vida y la muerte vienen de Dios”. Todo, en suma, de Dios procede, así los bienes como los males.
Llámanse males ciertos accidentes, porque nosotros les damos ese nombre, y en males los convertimos, pues si los aceptásemos como es debido, resignándonos en manos de Dios, serían para nosotros, no males, sino bienes. Las joyas que más resplandecen y avaloran la corona de los Santos son las tribulaciones aceptadas por Dios, como venidas de su mano.
Cuando supo el santo Job que los sabeos le habían robado los bienes, no dijo: “El Señor me lo dio y los sabeos me lo quitaron”, sino el Señor me los dio y el Señor me los quitó (Jb. 1, 21). Y diciéndolo, bendecía a Dios, porque sabía que todo sucede por la divina voluntad (Jb. 1, 21).
Los santos mártires Epicteto y Atón, atormentados con garfios de hierro y hachas encendidas, exclamaban: Señor, hágase en nosotros tu santa voluntad, y al morir, éstas fueron sus últimas palabras: “¡Bendito seas, oh Eterno Dios, porque nos diste la gracia de que en nosotros se cumpliera tu voluntad santísima!”.
Refiere Cesario (lib. 10, c. 6) que cierto monje, aunque no tenía vida más austera que los demás, hacía muchos milagros. Maravillado el abad, preguntóle qué devociones practicaba. Respondió el monje que él, sin duda, era más imperfecto que sus hermanos, pero que ponía especial cuidado en conformarse siempre y en todas las cosas con la divina voluntad. “Y aquel daño –replicó el abad– que el enemigo hizo en nuestras tierras, ¿no os causó pena alguna?” “¡Oh Padre! –dijo el monje–, antes doy gracias a Dios, que todo lo hace o permite para nuestro bien”, respuesta que descubrió al abad la gran santidad de aquel buen religioso.
Lo mismo debemos nosotros hacer cuando nos sucedan cosas adversas: recibámoslas todas de la mano de Dios, no sólo con paciencia, sino con alegría, imitando a los Apóstoles, que se complacían en ser maltratados por amor de Cristo. Salieron gozosos de delante del Concilio, porque habían sido hallados dignos de sufrir afrentas por el nombre de Jesús (Hch. 5, 41). Pues ¿qué mayor contento puede haber que sufrir alguna cruz y saber que abrazándola complacemos a Dios?...
Si queremos vivir en continua paz, procuremos unirnos a la voluntad divina y decir siempre en todo lo que nos acaezca: “Señor, si así te agrada, hágase así” (Mt. 11, 26). A este fin debemos encaminar todas nuestras meditaciones, comuniones, oración y visitas al Señor Sacramentado, rogando continuamente a Dios que nos conceda esa preciosa conformidad con su voluntad divina.
Y ofrezcámonos siempre a Él, diciendo: Vedme aquí, Dios mío; haced de mí lo que os agrade... Santa Teresa se ofrecía al Señor más de cincuenta veces diariamente, a fin de que dispusiese de ella como quisiera. 
PUNTO 3
El que está unido a la divina voluntad disfruta, aun en este mundo, de admirable y continua paz. “No se contristará el justo por cosa que le acontezca” (Pr. 12, 21), porque el alma se contenta y satisface al ver que sucede todo cuanto desea; y el que sólo quiere lo que quiere Dios, tiene todo lo que puede desear, puesto que nada acaece sino por efecto de la divina voluntad.
El alma resignada, dice Salviano, si recibe humillaciones, quiere ser humillada; si la combate la pobreza, complácese en ser pobre; en suma: quiere cuanto le sucede, y por eso goza de vida venturosa. Padece las molestias del frío, del calor, la lluvia o el viento, y con todo ello se conforma y regocija, porque así lo quiere Dios. Si sufre pérdidas, persecuciones, enfermedades y la misma muerte, quiere estar pobre, perseguido, enfermo; quiere morir, porque todo eso es voluntad de Dios.
El que así descansa en la divina voluntad y se complace en lo que el Señor dispone, se halla como el que estuviera sobre las nubes del cielo y viera bajo sus plantas furiosa tempestad sin recibir él perturbación ni daño. Ésta es aquella paz que –como dice el Apóstol (Fil. 4, 7)– supera a todas las delicias del mundo; paz continua, serena, permanente, inmutable. El necio se muda como la luna, el sabio se mantiene en la sabiduría como el sol (Ecl. 27, 12). Porque el pecador es mudable como la luz de la luna, que hoy crece y otros días mengua. Hoy le vemos reír; mañana, llorar; ora se muestra alegre y tranquilo; ora afligido y furioso. Cambia y varía, en fin, como las cosas prósperas o adversas que le suceden.
Pero el justo, como el sol, se mantiene en su ser con igualdad y constancia. Ningún acaecimiento le priva su dichosa tranquilidad, porque esa paz de que goza es hija de su conformidad perfecta con la voluntad de Dios. Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Lc. 2, 14).
Santa María Magdalena de Pazzi no bien oía nombrar voluntad de Dios, sentía consolación tan profunda, que se quedaba sumida en éxtasis de amor... Con todo, las facultades de nuestra parte inferior no dejarán de hacernos sentir algún dolor en las cosas adversas; pero en la voluntad superior, si está unida a la de Dios, reinará siempre profunda e inefable paz. Ninguno os quitará vuestro gozo (Jn. 16, 22).
Indecible locura es la de aquellos que se oponen a la voluntad de Dios. Lo que Dios quiere se ha de cumplir seguramente.¿Quién resiste a su voluntad? (Ro. 9, 19). De suerte que esos desventurados tienen por fuerza que llevar su cruz, aunque sin paz ni provecho. ¿Quién le resistió y tuvo paz? (Jb. 9, 4).
¿Y qué otra cosa desea Dios para nosotros sino nuestro bien? Quiere que seamos santos para hacernos felices en esta vida y bienaventurados en la otra. Penetrémonos de que las cruces que Dios nos envía cooperan a nuestro bien (Ro. 8, 28), y de que ni los mismos castigos temporales vienen para nuestra ruina, sino a fin de que nos enmendemos y alcancemos la eterna felicidad (Jdt. 8, 27).
Dios nos ama tanto, que no sólo desea nuestra salvación, sino que se muestra solícito para procurárnosla (Salmo 39, 18). ¿Y qué nos ha de negar quien nos dio a su mismo Hijo?... (Ro. 8, 32).
Abandonémonos, pues, siempre en manos de Dios, que jamás deja de atender a nuestro bien (1 Pe. 5, 7). “piensa tú en Mí –decía el Señor a Santa Catalina de Siena–, que Yo pensaré en ti”. Digamos siempre como la Esposa: Mi amado para mí, y yo para Él(Cant. 2, 16). Mi amado trata de mi bien, y yo no he de pensar más que en complacerle y unirme a su santa voluntad.
No debemos pedir, decía el santo Abad Nilo, que haga Dios lo que deseamos, sino que nosotros hagamos lo que Él quiera.
Quien así proceda tendrá venturosa vida y santa muerte. El que muere resignado por completo a la divina voluntad nos deja certeza moral de su salvación. Mas el que no vive así unido a la voluntad de Dios, tampoco lo estará al morir, y no se salvará.
Procuremos, pues, familiarizarnos con ciertos pasajes de la Sagrada Escritura, que sirven para conservarnos en esa unión incomparable: “Dime, Señor, lo que quieres que haga, pues yo deseo hacerlo” (Hch. 9, 6). “He aquí a tu siervo: manda y serás obedecido” (Lc. 1, 38). “Sálvame, Señor, y haz de mí lo que quieras. Tuyo soy, y no mío” (Sal. 118, 94).
Y cuando nos suceda alguna adversidad, digamos en seguida: “Hágase así, Dios mío, porque así lo quieres” (Mateo 11, 26). Especialmente, no olvidemos la tercera petición del Padrenuestro: “Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el Cielo”. Digámosla menudo, con gran afecto, y repitámosla muchas veces... ¡Dichosos nosotros si vivimos y morimos diciendo: Fiat voluntas tua!



fuente http://www.santisimavirgen.com.ar/voluntad_de_dios.htm

lunes, 3 de diciembre de 2012

El misterio de la eucaristia

Platica de Marino Restrepo sobre el misterio de la eucaristia.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Indulgencias para el Día de los Fieles Difuntos


 
Indulgencias para el Día de los Fieles Difuntos
Indulgencias para el Día de los Fieles Difuntos





DEL “ENCHIRIDION INDULGENTIARUM” DE S.S. PAULO VI


2 DE NOVIEMBRE - CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS

Visitas a Iglesias u Oratorio:

Se concede indulgencia plenaria, aplicable sólo a las almas del purgatorio, a los fieles cristianos que, el día en que se celebra la Conmemoración de todos los Fieles Difuntos, visiten piadosamente una iglesia u oratorio.
Dicha indulgencia podrá ganarse o en el día antes indicado o, con el consentimiento del Ordinario, el domingo anterior o posterior, o en la solemnidad de Todos los Santos.
En esta piadosa visita, se debe rezar un Padrenuestro y Credo.


1 AL 8 DE NOVIEMBRE:

Visitas al cementerio:

Se concede indulgencia plenaria, aplicable sólo a las almas del purgatorio, a los fieles cristianos que visiten piadosamente un cementerio (aunque sea mentalmente) y que oren por los difuntos.


Para ganar una indulgencia plenaria, además de querer evitar cualquier pecado mortal o venial, hace falta cumplir tres condiciones:

  • Confesión sacramental 
  • Comunión Eucarística y
  • Oración por las intenciones del Papa.

    Las tres condiciones pueden cumplirse unos días antes o después de rezar o hacer la obra que incorpora la indulgencia, pero es conveniente que la comunión y la oración por las intenciones del Papa se realicen el mismo día rezando a su intención un solo Padrenuestro y un Avemaría; pero se concede a cada fiel la facultad de orar con cualquier fórmula, según su piedad y devoción.

    La indulgencia plenaria únicamente puede ganarse una vez al día, pero el fiel cristiano puede alcanzar indulgencia plenaria in artículo mortis, aunque el mismo día haya ganado otra indulgencia plenaria



  • Fuente Catholic.net
  • viernes, 21 de septiembre de 2012

    Informacion Verdadera/Falsa/A medias en Internet Conspiraciones y realidades

    En la actualidad la informacion que se dispone ha aunmentado en proporciones gigantescas, gracias a los medios electronicos como internet y la television, si embargo, la calidad de la misma se ha visto sumamente deteriorada, ya que el publicar mentiras, medias verdades, falacias, o conclusiones sin un minimo rigor ya no digo cientifico, si no de logica elemental ha echo que que pueda uno encontrar sobre todo en la red, una gran cantidad de informacion, la mayoria de ella basura, sin embargo, es necesario poder discernir, que de todo esto es verdad, y que parte no.

    Seria un error muy grave, hacer una division simplista de informacion verdadera y no verdadera, aunque al final de cuentas esta puedde ser una clasificacion cierta, al ser verdad o mentira, es necesario ver en la basura de informacion de internet, que cosas en si mismo son informacion verdadera, ya que muchas, veces muchas de las teorias que se presentan, tienen premisas reales, pero conclusiones falsas, tambien hay otras que parten de un argumento equivocado y conclusiones ezquizofrenicas.

    quizas la mejor manera de discernir, es todavia, llevando la informacion en la seriedad del metodo cientifico, en las materias que a esto se tenga competencia, y en las materias mas del pensamiento humano, la seriedad de los estudios, y no solo rumores y comentarios, o hits en internet, asi como el paso por la criba natural de la logica y la razon de manera sana.

    Asi pues puede hallarse en la internet mucha informacion sobre los iluminati, el nuevo orden mundial, los reptilianos, el proyecto HAARP, el proyecto blue bam etc

    Lo cierto es que en rigor de razon nadie ha mostrado a Rockefeller en forma de reptil comiendose un humano, ni a la reina Isabel de Inglaterra haciendo lo propio.
    Pero lo que si es posible comprobar es que si existe una elite, financiero politica, que agrupa unos cuantos por sus apellidos, en clubs selectos como Bilderberg, la comision trilateral, fondo monetario internacional, algunas relaciones en la ONU  y muchisimas relaciones politicas.

    Ademas algunos de los protagonistas y politicos, si tienen relaciones antepasadas y/o actuales con la masoneria, los iluminati, que son cosas distintas, aunque esta ultima infiltro a la primera.

    Y si es cierto que hay un proyecto de establecer un nuevo orden mundial, el cual seria implantado atravez de la ONU, y anunciado en 1990 por el entonces presidente de los EEUU George Bush, padre.

    En todo esto no hay que olvidar los temas financieros y petroleros, y las nuevas armas estrategicas, que mencionaremos en otros comentarios, pero que es necesario tener presente, asi como quien financia y por que cada bando en la nuevas guerras, estrategicas, provocadas artificalmente, con el objetivo de controlar fuentes de energia para un mayor control.

    Esos sueños locos de un solo estado mundial que controle todo no son nuevos el ultimo loco que pretendia un esta fascista que duraria mil años se llamaba Adolf Hitler.

    lunes, 10 de septiembre de 2012

    Los Tiempos de DIos y los tiempos de los hombres

    Los griegos, tenian 2 formas conceptuales de medir el tiempo Cuando hablamos de ” tiempo” en griego encontramos estas dos palabras: Cronos y Kairos. El tiempo secuencial y cronológico deriva de cronos. Es el tiempo humano, vital. El tiempo de Dios es Kairos y significa momento oportuno. El tiene un tiempo para cada cosa. Jesucristo era consciente de que había un calendario divino que controlaba los hechos de su vida ( Juan 7:6; 12:23,27; 13:1; 17:1 ).

    El tiempo cronoligico es en el que nos basamos todos los dias, sabemos a que hora esperamos suceda algo programado, tal fecha o tal acontecimiento, no nos escapamos de el por que vivimos atrapados en esta dimension espacio tiempo, fuera, del plano humano, el tiempo no existe, por lo que una insercion desde la eternidad, puede ser en cualquier parte de esa gran linea recta que es el tiempo coronologico.

    El Kairos, sin embargo es el tiempo de Dios, el tiempo oportuno donde el interviene, para guiar, influir o procurar algun acontecimiento que respetando la libertad humana, nos derive hacia un mejor camino, podria pensarse tambien como esa intervencion divina en la realidad humana producto de su divina providencia, digamos que el kairos es parte de eso.

    Veamos algunos ejemplos, cual fue el momento mejor para que se encarnara el hijo de Dios y viniera a la tierra a anunciar la buena nueva, indudablemente en el tiempo que fue, en la plenitud de los tiempos, podria alguien decir, no lo fue para Israel, no estaban preparados, por eso no lo reconocieron, pero visto en global, respecto al anuncio de la buena nueva, la prespectiva es otra, y los gentiles tambien entraron en el plan salvifico de Dios.

    Otro ejemplo mas acorde a nuestra cultura, es cuando era el mejor momento para la evangelizacion de america, indudablemente en la epoca que sucedio, ni antes ni despues, un siglo antes o varios hubiera sido impensable, españa luchaba contra la dominacion arabe y no hubiera estado preparada para la mision encomendada, o mas aun imaginense esa mision (de evangelizacion) en nuestros dias.

    Indudablemente Dios tiene su momento oportuno, de Gracia, bien lo dice el eclesiastes, hay un tiempo para cada cosa y un momento para hacerla bajo el cielo.